Vivo
en una duermevela
apagado
siempre por tu olvido y tu murmullo,
con
una almohada más habitada que nunca de pensamientos
tartamudos
hambrientos de odio. Pensamientos
que
no me dejan dormir,
que
no se apagan ni en la noche más oscura.
A
veces necesito correr, romper con todo,
romper
mis piernas contra el suelo en un latido constante,
un
beso continuo con un asfalto roto.
Y
un corazón roto.
Y
solo mis pies hechos de acero navegando en el infierno.
A
veces me callo y mis recuerdos me envenenan el alma,
me
queman por dentro como si no fuera nada,
ni
aire
ni agua
ni tierra. Arena que se
escurre de mis ojos cuando lloro.
Charcos
que se forman en el suelo.
Aire
que me falta cuando no te veo.
Ahora,
mi corazón hecho carbón dibuja versos en tus senos,
recordando
cómo mis manos dibujaban sonrisas
en
tu espalda.
Y
beso tus senos de nuevo pero lo hago solo,
como
siempre lo haré,
porque
mi corazón está encadenado a tu pecho distante.
Ayer
encontré unos besos tuyos por el suelo
y
los guardé bien. Y vi la caricia que me diste en un rincón de la cocina.
Y
un abrazo, que no sé qué pintaba, en el desván.
Y
cuando fui a cambiarme para salir a la calle
rebosaron
versos muertos de mi armario.
Y
aunque uso mis manos para protegerme del dolor
son
de humo; ceniza desvanecida en mi rostro,
y
solo me sirven para hundir en miseria unos ojos secos de tristeza.
21/03/2018