El sábado pasado tuve un examen en
la Universidad Complutense de Madrid, y unos ojos inquietos como los míos no
podían dejar de mirar a su alrededor: una cafetería semivacía detrás de la
Facultad de Derecho, mucho aparcamiento (yo llegué a las ocho menos cuarto… a
las ocho y media no había ni un sitio), micro zonas verdes aunque con más de un
matorral… Después de tomar un café, una riada de gente, un chorro de personas
pasando a la carrera en busca de su aula por unas puertas minúsculas. Escuché a
más de uno gritando “¡libertad!” tumbado en posición fetal en las escaleras de la
Facultad, con ojos temblorosos. Y después de la agonía de encontrar un aula
que, a todas luces parecía no existir, me senté en el asiento que una señora me
indicó.
Seis asientos por fila en el bloque
izquierdo, y siete en el derecho, con trece filas cada bloque: 169 asientos.
Pero había otros 9 al principio de la sala, así que en realidad son 178. Percheros
en cambio había menos… Tres percheros con 11 perchas cada uno, 33 perchas; así
que así a botepronto 145 alumnos deberán tener el abrigo puesto durante las
clases. Solo cinco enchufes en todo el aula (dos de ellos a la altura de la
mesa del profesor) y el profesor en un pedestal de madera antigüa, todo muy
moderno, claro. Y por fin, el examen. Aunque no pude hacerle mucho caso, porque
no dejaba de mirar por la ventana.
Publicado en El Deporte Conquense el 7 de marzo de 2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario