Quisiera poder quemar una bandera
sin temor alguno. Romperla a cachos, espachurrarla. Quisiera insultar
abiertamente a los que nos gobiernan, y denunciar todo aquello que hagan que
sea ilegal, inmoral o éticamente reprobable. Quisiera que todos aquellos
herejes (del griego Hairetikós, “el que es libre de elegir”) que estén en
desacuerdo con el Estado de Derecho, con el capitalismo, con la Iglesia, con la
religión, o incluso con la libertad, lo pudieran decir en voz alta, vocearlo
sin preocuparse de qué dirán.
Quisiera que todos aquellos que
estén en contra del maltrato animal y los que estén a favor de los toros
pudieran decirlo sin tirarse piedras. Que quienes estén en contra de la
homofobia y de la homosexualidad, de la Monarquía y de la República, de uno u
otro himno, de todas las banderas o de ninguna de ellas… pudieran decirlo
abiertamente, destrozar su garganta sin que alguien se ofenda entre medias.
Porque en la era de lo políticamente
correcto falta gente de verdad que diga lo que piense y que esté dispuesto
a pagar el precio de sus palabras escuchando las de otros. Porque un renovado Voltaire
de este siglo (o Beatrice Hall, su biógrafa, aunque no seré tiquismiquis en la
autoría) vuelva y diga mientras escuchamos atentos “no estoy de acuerdo con lo
que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Claro que,
estaríamos con los cascos de música puestos, o en alguna red social. Y no
entenderíamos nada, como siempre.
Artículo para El Deporte Conquense el 28 de febrero de 2018
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