Desobediencia civil se define como
el acto de desacatar una norma (habitualmente jurídica) de la que se tiene
obligado cumplimiento; acto, por otra parte, que (por lo general) abanderados
progresistas cometen para cambiar el transcurrir de la vida cotidiana de la
gente. Podemos afirmar por tanto, que la esencia última de la desobediencia
civil es que la finalidad de dicho acto sea, precisamente, cambiar injusticias
del orden impuesto. Una lucha pacífica por las libertades y los derechos de los
ciudadanos.
No obstante, si no hay fondo, y solo
nos pasamos las normas por el arco del triunfo, lo que somos es unos maleducados.
Quiero decir, en fin, que no son comparables Mahatma Ghandi, Luther King o
Desmond Tutu, con quienes aparcan hasta en tercera fila en la puerta del
instituto conquense de La Sagrada Familia (las Pepas).
Todos ellos tienen en común que
incumplían (e incumplen) las normas impuestas, cada uno en su tiempo y en su
espacio. Pero estos últimos no tienen que cambiar nada, no quieren cambiar
nada; incluso –apuesto mi cuenta bancaria- blasfeman, vociferan y maldicen
cuando un coche mal aparcado les molesta para salir fuera del contexto del
instituto. Tiempos oscuros, jodidos del todo llegan, cuando el mayor gesto de
desobediencia civil que hay en este país, es incívico.
Artículo para El Deporte Conquense el 27 de noviembre de 2018