martes, 27 de noviembre de 2018

Incívico


            Desobediencia civil se define como el acto de desacatar una norma (habitualmente jurídica) de la que se tiene obligado cumplimiento; acto, por otra parte, que (por lo general) abanderados progresistas cometen para cambiar el transcurrir de la vida cotidiana de la gente. Podemos afirmar por tanto, que la esencia última de la desobediencia civil es que la finalidad de dicho acto sea, precisamente, cambiar injusticias del orden impuesto. Una lucha pacífica por las libertades y los derechos de los ciudadanos.
            No obstante, si no hay fondo, y solo nos pasamos las normas por el arco del triunfo, lo que somos es unos maleducados. Quiero decir, en fin, que no son comparables Mahatma Ghandi, Luther King o Desmond Tutu, con quienes aparcan hasta en tercera fila en la puerta del instituto conquense de La Sagrada Familia (las Pepas).
            Todos ellos tienen en común que incumplían (e incumplen) las normas impuestas, cada uno en su tiempo y en su espacio. Pero estos últimos no tienen que cambiar nada, no quieren cambiar nada; incluso –apuesto mi cuenta bancaria- blasfeman, vociferan y maldicen cuando un coche mal aparcado les molesta para salir fuera del contexto del instituto. Tiempos oscuros, jodidos del todo llegan, cuando el mayor gesto de desobediencia civil que hay en este país, es incívico.



Artículo para El Deporte Conquense el 27 de noviembre de 2018

martes, 20 de noviembre de 2018

Ni en qué sexo, ni en qué especie


            Mi madre ha estado de viaje, y por lo poco que sé, se lo ha pasado piruleta. A su vuelta yo no estaba en casa, pero mi perro sí, y un vídeo demuestra cómo nos aprecian los animales. Cómo nos echan de menos, cómo nos saludan, cómo brincan al vernos, cómo nos quieren con todas las letras. El vídeo dura un minuto, pero se corta. Fácilmente pudo estar tres, cuatro, cinco, o hasta que mi pobre madre se lo tuviera que quitar de encima por necesidad. En cambio, algunos (algunos genérico, porque no sé cómo calificarlos; ni en qué sexo, ni en qué especie) demuestran su amor de manera diferente. No sé, clavándoles espadas, torturándolos, o disparando desde la distancia.
            Si tu amor por los animales lo demuestras clavándoles una espada de medio metro, cazándolos, o despeñándolos por un barranco como hemos visto este fin de semana en diferentes medios, dispárate en las pelotas y quiérete más a ti mismo. Lo sé, hoy me he levantado muy revertiano, pero quien dice “es que vosotros no lo entendéis” hace que se me acelere el corazón; y no de cariño, precisamente. Algún día se acabará esta lacra, este sin sentido. O no. Al fin y al cabo, somos idiotas.



Artículo para El Deporte Conquense el 21 de noviembre de 2018

jueves, 8 de noviembre de 2018

Nota 1: A sangre y fuego


            La esvástica nazi no es la esvástica nazi. La esvástica puede ser esvástica en sentido dextrógiro y suavástica en sentido levógiro, la primera gira a la derecha y la segunda a la izquierda; y desde su  creación allá por el siglo V a.C., ha tenido múltiples significados; desde la representación de un pulpo como el creador de la tierra, hasta la palabra “buena suerte” en sánscrito, pasando por un mero símbolo numérico. Pero los nazis la hicieron suya y suya se queda, y nadie recuerda o sabe significados anteriores. Es cierto que perdieron la guerra; fueron encarcelados, fugados o ajusticiados, pero ganaron la batalla de la inmortalidad a sangre y fuego.

Símbolos


            Decía Emilio Lledó, en una entrevista para el periódico “El Mundo”: No entiendo el nacionalismo más que como un asunto de dineros de unos cuantos interesados. Están jugando con la emocionalidad de la gente justificando diferencias que no existen. Nacer en un país o en otro no es más que una cuestión de azar. Viene a decir algo así como que el nacionalismo tiene que ver más con el interés, el dinero y el poder, que con el sentimiento de pertenencia a un país. Pero además, los nacionalismos tienen inquebrantables símbolos representativos.
            La bandera de España, por ejemplo, es un símbolo representativo del nacionalismo español, con el que deberíamos sentirnos identificados todos los españoles. Pero no es así; la izquierda siente desapego y la derecha se la ha apropiado exclusivamente para sí. Además, la izquierda no quiere hacerlo propio, y la derecha no quiere ni que se arrime; cuanto menos que se lo apropie. Por ello, cuando un humorista se suena los mocos con ella, unos se ríen de una broma a la que no le dan más importancia, y otros intentan hundirlo en la miseria.
            Independientemente de los sentimientos que se tengan hacia un símbolo, el gesto parece feo. No porque sea una bandera, un trapo, o un color, sino porque es un símbolo representativo. No obstante, el linchamiento que el humorista en sí está recibiendo, es de todo punto desorbitado, desproporcionado e injusto; más propio de una sociedad primitiva que avanzada, después de pedir perdón en contadas ocasiones. En mi opinión, el mayor desprecio a la bandera lo han hecho políticos, no los humoristas. Lo han hecho quienes guardan capital oculto en Suiza, quienes rescatan carreteras y no personas, quienes ponen en tela de juicio las pensiones y no sus privilegios, quienes no pagan impuestos, quienes enchufan amigos en empresas en lugar de apostar por el libremercado, quiénes rescatan bancos y no a inmigrantes que mueren en el mar. La bandera es un símbolo, y la nuestra representa, por desgracia, todo lo que acabo de enumerar.



Columna para el Deporte Conquense, 8 de noviembre de 2018