Todos los seres humanos de este
planeta quieren conseguir lo que desean. Esto es normal. La ambición y el ser
humano son conceptos relacionados y correlativos, si me apuras inseparables. La
diferencia es el comportamiento de los seres humanos en las distintas edades
que pasan entre la infancia y la vejez, en un contexto social u otro, en un
término geográfico determinado u otro, etc. Por ejemplo, he visto a ancianos
preguntándoles a sus cuidadores que cuánto les quedaba de paseo. La pregunta
“¿cuánto nos queda de paseo, bonita?”, no implica un deseo por saber cuánto
queda de paseo, eso les da igual. Lo que quieren es llegar a casa, sentarse en
su sillón favorito, donde se sientan desde hace décadas, y mientras tanto
escuchar tranquilamente la radio o a ver la televisión. También hay niños, de
entre 5 y 9 años, que le dicen a sus padres: “o me compras estas chuches o no
voy a estudiar cuando llegue a casa”. Saben que van a estudiar. Saben que sus
padres les van a obligar y que no va a tener más remedio, por mucha amenaza
insuperable que sus labios emitan. Pero quiere esas chuches, a toda costa, y dado
que sus padres, de primera mano y sin ningún pretexto, no se las van a comprar,
acuden al chantaje infantil como medio para conseguir sus legítimas
pretensiones.
Que esta actitud la tenga un niño de
entre 5 y 9 años, me parece normal. Evidentemente es un comportamiento que hay
que corregir y pulir con el paso del tiempo, pero en ese contexto determinado
es aceptable. Lo preocupante es que este es el comportamiento que mostró un
señor de 47 años, representante político, con familia y con estudios
universitarios. Eso sí que es quizá preocupante. Porque cuando Francesc Homs
sale en los medios de comunicación diciendo (no cito textualmente, porque no me
acuerdo, pero algo así como) “si me condenan, se acabará el estado democrático
en España”; “si soy condenado, España va a perder todo lo que tenía, porque
estará demostrando lo sucio que está el sistema”, no es que piense que el
Estado español va a morir de un infarto por su condena. No cree que la
democracia se parta en seis trozos porque él acabe con una inhabilitación de no
sé cuantos años. Lo que quiere en el fondo de su corazón, es que no lo
condenen, porque se quiere dedicar a eso, a la “política”, porque es lo único
que “sabe hacer”.
Para El Diario Conquense (01/03/2017)