Estamos acostumbrados a ver a
políticos de todos los colores y partidos dando besos a niños durante las
campañas electorales, o abrazando a gente de la tercera edad. Pasean por las
calles, dicen que hay que bajar los impuestos y doblar el gasto social, o se
visten de granjeros y se montan en un tractor para hacerse una foto. También es
típico el ir a los debates con corbata, y a los mítines con un botón abierto;
más campechano, más cercano. Besan a sus mujeres y maridos, se abrazan con los
compañeros que hasta hace dos días intentaban quitarles el puesto, hablan de la
primavera, del perdón, de lo que calienta el sol…
A la gente la puedes engañar la
primera vez, pero una cada cuatro años no cuela. Y ellos también se han dado
cuenta, así que en lugar de hacerlo solo en campaña, de un tiempo a esta parte
han decidido echar las vísceras a la política. Primero fueron las víctimas del
terrorismo, que bastante tienen como para que un político los utilice de
escudo. Pero la bajada a las cloacas que han protagonizado estos días los
políticos españoles, es sencillamente demencial, repugnante, asqueroso.
Utilizar la muerte de un niño para sacar adelante una ley que es abiertamente
injusta (e inútil: la pena de muerte en algunos estados norteamericanos no han
impedido las matanzas en colegios) por, únicamente, recoger unos pocos miles de
votos, de una mayoría ignorante y visceral. Precisamente los gobernantes, lo
que deberían hacer es poner materia gris cuando el ciudadano medio echa a la
gente a los lobos. Y viviremos y vivimos las consecuencias de tener, votar y
promocionar a políticos mediocres.
Artículo para El Deporte Conquense el 21 de marzo de 2018
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