A lo largo de mi corta vida, he
conocido mujeres de todo calado. Desde las más buenas que se puedan conocer,
hasta las mayores víboras que puedan existir. Aunque las habrá mejores y
peores, claro. Pero cuando pienso en un modelo de mujer, siempre me viene a la
cabeza una chica del cole. No solo era la más adelantada intelectualmente de
clase, si no del colegio entero; y probablemente de varios colegios de Cuenca.
En aquella época no había las cosas de hoy día: olimpiada matemática, y pruebas
de no sé qué, pero estoy convencido de que las hubiera ganado todas. En sus
ratos libres leía, porque aunque se llevaba bien con todos en la clase, era una
chica introvertida que se sumía en la lectura. Pero en educación física peleaba
como el niño más rudo, competía siempre para ganar hasta que las fuerzas le
fallasen. Y se enfadaba y lloraba cuando perdía. Llevo años sin verla; de
hecho, alguna vez que nos hemos cruzado por la calle ella no me ha reconocido.
No la conozco lo suficiente, pero no
creo que celebrara nada el 8 de marzo. Las mujeres así no tienen un día, tienen
todos los días, porque todos los días es el mejor momento para comerse el
mundo. La desigualdad reside, precisamente, en que una mujer tiene que ser
brillante para llegar a puestos habitados por hombres ineptos, vagos, mal preparados
y en ocasiones corruptos. Así que feliz 8, 14, 23 y 31; y todos los días que os
levantáis a comeros el mundo.
Publicado en El Deporte Conquense, el 14 de marzo de 2018
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