Siempre he tenido gran conciencia
animalista en mi vida, solo que antes de tener animales de compañía (compañeros),
solo podía imaginar qué se sentía. Ahora sé qué se siente; tengo un perro y un
gato –que se llevan como tal, sea dicho-, y no me imagino mi vida sin ellos. No
la concibo igual de feliz. Me levanto antes para darles de desayunar y me
acuesto más tarde para darles de cenar; al perro hay que sacarlo para que
desfogue y al gato hay que aguantarle unos maullidos exagerados, limpiar lo que
rompan –o expulsen, claro-… pero no me imagino sin ellos. Y os cuento esto
porque este fin de semana, en Huete con una amiga, me contaba la gente de allí
que los gitanos maltratan sin piedad a los galgos. No les dan de comer, los
marcan, los ahorcan o incluso los queman. Poca poesía aquí.
No, no voy a cargar contra la etnia
gitana, porque anda que no hay payos que serán igual de hijos de puta. Eso sí,
igual de hijos de puta todos. Solo voy a distinguir a los que hacen cosas
propias de un ángel caído, de los que no. Creo que quien respeta a un animal
–te gusten o no- puede llegar a ser buena persona. Hitler amaba a los animales…
así que puede llegar a serlo, pero no es una regla de tres perfecta. No
obstante, si maltratas a un animal con la violencia con la que me la
describieron a mí, no hay más vuelta de hoja: eres escoria. Un esqueleto
cubierto de trozos de piel y relleno de la porquería más mal oliente del mundo.
Un vestigio de maldad, una parcela del infierno. Un saco de mierda bautizado. Un
nacer de morros contra el suelo. Poca poesía.
Artículo para El Deporte Conquense el 30 de mayo de 2018
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