El río nadaba con fuerza, sin
preocuparse de qué roca habría delante. Bailaba entre las plantas que ante él
se encontraban, se contoneaba como una profesional en su barra. Daba gloria ver
sus curvas, la fiereza de su caminar. Fue poco rato el que me mantuve absorto
mirándolo, sobre todo porque me inundaba un poderoso deseo de entrar a bailar
con él, un impulso por dejarlo todo y meterme a disfrutarlo; lo que habría sido
una irresponsabilidad por otra parte. Pero en tiempos difíciles como estos,
donde un título de máster se deprecia de la noche a la mañana como la moneda
alemana en la posguerra (por no hablar del prestigio de la Universidad en sí);
donde siguen lloviendo bombas, primero en Bosnia, luego en Afganistán, más
tarde en Irak y ahora en Siria; donde sale a la luz que la región más corrupta
de toda Europa es la del sur de España…
Cuando los telediarios te golpean
con la más sucia de las realidades, viene el río en su baile o una flor en su
quietud, y hace que se te olvide el mundo.
Artículo para El Deporte Conquense, el 19 de abril de 2018
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