Estaba harto de todo. Harto de que
su jefe le obligara a trabajar hasta las tantas, harto de hacer horas extra sin
cobrar ni un euro por ellas. Estaba cansado de ver a su ex mujer feliz con
otros hombres, en su propia cama, y cansado de que sus hijos llamaran papá a
cualquiera menos a él, porque apenas lo conocían. Estaba indignado con que el
gobierno le hubiera bajado la pensión a su madre, que en parte le ayudaba a
sobrevivir. Madre que por otro lado no le reconocía por culpa del alzheimer.
No era de extrañar ver su suicidio
en las necrológicas del periódico. Quizá fue más raro ver que con sus
desgracias se llevó al hombre que un día lo contrató por, dicen, un salario
digno; a la mujer que un día, dicen, le hizo feliz y al hombre que ahora, se
supone, la hacía feliz.
26/09/2016
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