Allí estaba ella, sentada en el
vagón del metro, cinco o seis asientos más adelantada que él. Por un momento
volvió a la juventud. A las litronas en el parque, a las gorras de clase, a las
noches de borrachera hasta las tantas de la mañana. Volvieron aquellos libros
de Camus, aquellos poemas de la pluma de un joven que jamás saldrían a
la luz, aquellos ojos verdes que se clavaban en el alma como el rocío se
enquista en la rosa.
Empezó a sudar y a ponerse nervioso,
tenía que acercarse a decirle algo, pero después de tantos años, ¿qué? ¿Qué
decirle? Da igual, lo que sea. Se armó de valor, cogió su maletín y se levantó.
Algunos segundos más tarde, más
viejo, más cansado y más enfermo, volvió a su asiento tras un “lo siento, se ha
equivocado”.
11/09/2016
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