Era consciente de que en cualquier
otra época, de haberle pillado, le habrían arrancado la mano de un hachazo; en
otra le habrían flagelado, y en otra le habrían hecho pagar una cantidad
ingente de dinero a plazos, por las molestias causadas al tendero. Y sin
pensarlo corrió, corrió como jamás verías correr a nadie, con el corazón
latiendo a toda prisa, y con el vendedor detrás de él al ritmo de “¡hijo puta,
me las vas a pagar!”. Pero yo, que lo veía todo desde afuera, no podía hacer
nada. Tampoco quería. Estoy convencido de que lo que llevaba en las manos
estaría feliz de estar ahí si tuviera sentimientos.
Ningún libro está más feliz en
ninguna otra parte que en la mochila de quien le mete a escondidas, sin que
nadie se dé cuenta, por no tener dinero para pagarlo.
10/09/2016
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