Apenas sabía con certeza qué había
ocurrido. Todo estaba encharcado de sangre. Sus manos, su cabeza, sus pies;
todo. También la mujer que le acompañaba tendida en el suelo, y los restos de
un coche que no alcanzaba a reconocer. Pocos segundos después, un hombre
fosforescente le preguntaba que cómo se encontraba, y aunque estaba convencido
de lo que quería decir, su garganta no emitía voz alguna. Sus cuerdas vocales
no llegaron a vibrar. Le puso una máscara, lo tumbó en una cama, y en ese
momento, para él, todo fue oscuridad.
Cuando despertó, solo en aquella
habitación terriblemente blanca, echó a llorar. No fue el haberse quedado manco,
el haber estado en coma, o el necesitar por siempre un respirador y silla de
ruedas. Fue porque el alcohol lo condenó a la soledad eterna del fallecimiento
de lo más importante de su vida.
08/09/2016
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