Su boca parecía una auténtica tabla
de madera, no conseguía enfocar con precisión la mirada, y una especie de trozo
de hierro se introducía en su brazo, como si de otro brazo adherido a él se
tratara. No encontraba su mano, no estaba donde debería estar, y casi se
desmayó. Cuando la enfermera entró corriendo a sedarle, se lo contó: “ha sido
usted víctima de un atentado terrorista. Un proyectil atravesó su mano pero
está a salvo y se pondrá bien, tranquilo”. Entonces, el miedo invadió su cuerpo
y comenzó a recordar cosas. Sangre, niños llorando, cristales rotos, brazos
amputados, ojos abiertos sin vida y muertos, y más muertos, y un hombre
explotando a menos de quinientos metros de él mientras voceaba… hasta que
descubrió a su esposa durmiendo en la otra cama. Estaba tranquila, viva, con
rasguños superficiales, mientras a él se le cerraban los ojos paulatina pero
continuadamente por la medicación. La primavera en el centro de la barbarie.
26/09/2016
No hay comentarios:
Publicar un comentario