miércoles, 4 de octubre de 2017

De mentiras y de imbéciles


            Llevamos tiempo cabalgando en un caballo peligroso, manteniendo un pulso con nuestro otro brazo. El gobierno catalán, brazo derecho, está intentando tumbar al resto de España, brazo izquierdo, por ganar una competición absurda. Y con él está arrastrando a cerca de siete millones de catalanes. Están convenciéndoles de que a la Unión Europea les parece fenómeno que se independicen por las bravas, sin orden ni concierto, sin ley ni juez. Convenciéndoles de que tendrán no sé cuántos millones más de beneficio automático, de que las estructuras de Estado les costarán una miseria, y de que podrán tener hasta tres nacionalidades (catalana, española y europea). Y la escisión de dos territorios no es precisamente así. Es algo bastante más traumático; más si cabe, si partimos del egoísmo de una región. La insolidaridad de la región rica con la región pobre (y si no, no se entiende el cuento de “vamos a tener dieciséis mil millones más al día siguiente”).

            El primer apartado es, ¿y si negociamos el referéndum? Hecho, hacemos un referéndum legal. La primera opción es que salga el no en dicho referéndum, en cuyo caso, ¿cuánto tiempo tardarán en volver a convocar otro? ¿tres, cinco, siete años? Porque por supuesto, el agravio será constante en el tiempo, e imperdonable para un sentimiento catalanista que, vote lo que vote, lo que quiere su gobierno es quedarse en España pero con la ostia de beneficios (un concierto fiscal, una reestructuración de la deuda… cosas que facilitan a uno mucho la vida). La segunda opción es que gane el referéndum. ¿Y después qué? No creo que España se digne a negociar condiciones magníficas para el territorio que se va. Ni si quiera Europa, que bien seguro estoy, va a querer dar ejemplo de que Europa es otra cosa (y no una consulta  unos pocos), para que ningún territorio más intente separarse de un Estado. Los catalanes se verán solos, tirados en un mundo tremendamente globalizado, donde el 70% de sus exportaciones son a un país donde ya no van a exportar (fundamentalmente Aragón, España) y el 60% de sus importaciones, igual. En realidad, claro que tendríamos que negociar la salida de Cataluña, pero su deuda con España es importante, y en las relaciones de fuerza y de poder en que se resume la política, no creo que Cataluña, como estado de reciente creación, tenga demasiada fuerza y excesivo poder como para poder sentarse a exigir cosas. Ni que tenga reservas como para saldar deudas.

            No es ni malo ni bueno que un territorio quiera separarse de otro proclamando la independencia. Lo terrible de todo esto, es que no saben a qué se enfrentan. No se va a mantener todo como hasta ahora, pero con no sé cuántos millones más. No. Porque la inaplicación de los tratados europeos, las rupturas comerciales con España y con los Estados Miembros de la Unión, y el detrimento de las relaciones políticas con un estado no miembro, son hechos en la realidad europea. Y cuando hayan devaluado su moneda (porque el euro no tendrá valor allí; podrán usarlo, pero como si yo hago que valga en mi familia el billete de monopoli como medio de pago de las transacciones) hasta mínimos históricos e insoportables, ¿quién los rescatará? Para entonces, nos habremos ahogado nosotros solos. Y los que gritaban en las plazas catalanas consignas y eslóganes, sin pararse a pensar qué decían, se arrepentirán. Y los que gritaban en las plazas madrileñas por su derecho a ser extranjeros, verán el profundo ridículo que hicieron en su día. Pero ya no habrá marcha atrás, y habremos ejercido el Derecho a Decidir. Derecho cuya definición es que, un territorio, independientemente de lo pequeño o grande que sea, decide sobre la modificación de las estructuras, límites, organización y dirección de un Estado entero, sin que el resto del Estado pueda tan si quiera opinar. Y de verdad, eso no es más democracia. Con Franco también se votaba.


Artículo para El Deporte Conquense, publicado el 27 de septiembre de 2017

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