Ayer vi una amapola posada por la
calle. No en un adoquín, si no en unos jardines. Pero no era una amapola
cualquiera. No era la típica amapola que se ve en un balcón, regada dos veces
al día y con 12 horas de sol. No. Era una amapola salvaje, callejera. No
necesitaba a nadie ni a nada para sobrevivir. Vi cómo le quitaba el agua a un
árbol cercano con sus raíces diminutas, y cómo evitaba a un pino para obtener
algo de luz. Y ahí estaba ella: reluciente, bella, roja intensa, posada en la
tierra.
Estambres, pistilos, corola, cáliz.
Óvulos. Se lo quitó todo y se desnudó ante mí. No es que tuviera mucha ropa,
porque también antes se le veía prácticamente todo; pero vio como la observaba
y me dio un festín. Estaba inmuta, perdida en sus pensamientos a sabiendas de
ser observada. Inmensa, callejera y preciosa, desnuda ante su más fiel
admirador, tomando el sol y robando agua. Sin necesidad de que nadie la regara.
Sin deberle nada a nadie en su grandeza.
Para El Deporte Conquense el 24/05/2017
No hay comentarios:
Publicar un comentario