miércoles, 24 de mayo de 2017

Una amapola

            Ayer vi una amapola posada por la calle. No en un adoquín, si no en unos jardines. Pero no era una amapola cualquiera. No era la típica amapola que se ve en un balcón, regada dos veces al día y con 12 horas de sol. No. Era una amapola salvaje, callejera. No necesitaba a nadie ni a nada para sobrevivir. Vi cómo le quitaba el agua a un árbol cercano con sus raíces diminutas, y cómo evitaba a un pino para obtener algo de luz. Y ahí estaba ella: reluciente, bella, roja intensa, posada en la tierra.

            Estambres, pistilos, corola, cáliz. Óvulos. Se lo quitó todo y se desnudó ante mí. No es que tuviera mucha ropa, porque también antes se le veía prácticamente todo; pero vio como la observaba y me dio un festín. Estaba inmuta, perdida en sus pensamientos a sabiendas de ser observada. Inmensa, callejera y preciosa, desnuda ante su más fiel admirador, tomando el sol y robando agua. Sin necesidad de que nadie la regara. Sin deberle nada a nadie en su grandeza.

Para El Deporte Conquense el 24/05/2017

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