El otro día vi, por quinta o sexta
vez, el vídeo de un chaval de no más de 13 años estampando a otro contra el
suelo. Lo levantó por la cintura, y lo empotró en el asfalto. Nuestra cabeza
nos lleva a pensar que menudo desgraciado, que hay que meterlo en un reformatorio,
o meterle un par de guantazos. Pero menos mal que no somos jueces, y que los
jueces suelen hacer bien su trabajo. Metieron en un reformatorio al otro.
El vídeo estaba recortado. El chico
enorme de 13 años era “el gordito” de la clase. Y el chico al que estampan en
el suelo llevaba dos cursos enteros haciéndole la vida imposible. Pegándole
chicles en el pelo, pegándole puñetazos y patadas, rompiéndole la ropa… Hasta
que un día, “el gordito”, se cansó de ser el hazmerreír de la clase. Cogió a su
miedo por la cintura y ejerció la más bella justicia poética que puede existir.
Nadie se ha vuelto a meter con él.
Por supuesto, sé que pensáis que “como
vas a decir esto en público hombre”, “la violencia no se resuelve con violencia”,
y todas esas chorradas. Pero ahora meteros en la piel de los padres cuyos
chavales se han suicidado por recibir acoso, las decenas y decenas de chicos
que han acabado con sus vidas por ello. Y pensad que uno, “el gordito”, ha dado
una lección de que la fuerza no es solo aguantar los golpes, si no acabar con
tus miedos cuando nadie más puede ayudarte.
Para El Deporte Conquense el 3 de mayo de 2017
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