Cuando te sientas delante del televisor
a las tantas de la noche agotado tras un día de trabajo, lo último que quieres
es pensar (si no, no verías la televisión, y estudiarías filosofía, o física
cuántica, qué sé yo). No obstante, algunos programas, por malos, te obligan. Y ayer,
el programa de “desokupados” en “Cuatro” lo consiguió. Y no es que sea tan
profundo que necesites tomar notas de lo que ocurre, si no que debes de ser muy
simple para no ver por dónde te quieren llevar, qué opinión te quieren generar.
De hecho, hablo por hablar, porque en votación democrática en la República de
mi Casa, se decidió quitarlo.
Lo cierto es que vi el primer caso,
donde una mujer habitaba con su hija una propiedad (un chalet de puta madre)
que, según dice más o menos, “era de mi padre y ahora es de la inmobiliaria,
pero de aquí no me echan sin sentencia judicial”. Y si nos paramos a pensar, el
racimo de opciones que surgen de esas palabras son infinitas. Quizá, se llevara
mal con su padre y no se lo dejara en herencia porque no lo cuidó cuando él más
lo necesitaba. Quizá se lo dejó en herencia a la inmobiliaria porque tenía un
conocido muy querido ahí. Quizá ni si quiera fuera de su padre, o quizá se lo
comprara la inmobiliaria. O quizá… Y así, ad
infinitum. Total, que gracias a su colaboración, mi familia y yo encendimos
de nuevo los motores cerebrales, engrasamos el rotor neuronal, y nos pusimos a
dar vueltas a la cabeza (no literalmente) sobre las posibilidades que existían
en relación a la propiedad, al padre, la hija, la inmobiliaria y el color de
las nubes. Terminamos por hacer un acto de justicia cósmica: apagamos el
televisor y nos fuimos a la cama con un libro.
Para El Deporte Conquense el 29/03/2017
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