jueves, 2 de marzo de 2017

Autobuses ilegales

            Un amigo mío el otro día me corrigió en una conversación cuando le dije que François Marie Arouet (más conocido como Voltaire), pronunció, en algún momento de su vida, una máxima que hoy día trato como pilar en mi vida: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Un Derecho Fundamental como la libertad de expresión, en una sola frase; y qué frase. Bueno, pues imagínense mi cara de decepción cuando, tras años atribuyendo esa frase  a un escritor, historiador, abogado, etc, de la talla de uno de los grandes de la historia, resulta que no. Que la frase es únicamente de una biógrafa que relató su vida, y que esa frase era lo que mejor le representaba. La susodicha se llama Evelyn Beatrice Hall, quien publicó en 1906 la biografía de Voltaire con el nombre “Los amigos de Voltarie” (y bajo el pseudónimo, claro, de Stephen G. Tallentyre).

            Pues más o menos la misma decepción me llevé cuando apareció lo del autobús de “los niños tienen pito” por Madrid. A pesar de lo detestables que puedan ser sus ideas (con las que jamás estaré de acuerdo, dicho sea de paso), me parece un dislate que se haya paralizado y que se trate de enjuiciar por un “delito de odio”. ¿Odio de qué? ¿Qué odio suponen tres frases en un autobús? Si esas tres frases versaran: “Muerte a la transexualidad”, entendido, a Juicio. Pero, ¿por eso?  No solo me parece un dislate, me parece aberrante, preocupante hasta cotas insospechadas. Que el Estado empiece a tener ciertos tiznes morales quizá sea lo peor que nos pueda pasar. ¿Y si hubiera sido al revés? ¿Y si el autobús que se hubiera paralizado en pleno Madrid fuera uno pro-LGTB? ¿Entonces el Estado sería un fascista opresor? En mi opinión, y por ello así se clasifica en este periódico, es indignante que se detenga un autobús que trata de defender unas ideas legítimas (y sobre todo) no ofensivas por el territorio nacional. Que estemos más o menos de acuerdo con ellas, es una cosa; que haya que paralizarlo, es una aberración cometida por un Estado de Derecho que, cada vez es menos de Derecho, y más de corrientes de opinión; corrientes que, sin duda, se deben quedar aquí, en los periódicos, en los bares, en las calles, no en los Tribunales ni en los Parlamentos.

Para El Diario Conquense, el 02/03/2017

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