lunes, 10 de octubre de 2016

Ahogado

            Sus piernas escalaban por la espalda de Darío con tensión y firmeza, apretaban su cadera con tanta fuerza que creía que lo iba a partir por dos. Intercambiaron  aliento y perfume, y de tanto como lo hicieron, era imposible reconocer el olor natural de cada uno, mezclado entre sudor y placer. Darío se sentía mecido entre sus labios y cada beso le otorgaba un minuto más de vida, su lengua recorría su pecho y solo se arrepentía de no tener más manos para tocarla. Se sentía manco y tuerto (con sus diez dedos en perfecto estado y sus dos ojos en constante visión) ante tal escultura para el amor.

            Finalmente la vio durmiendo, y él no pudo hacer más que mirarla durante horas. Esa noche Darío no durmió. Y tampoco lo hizo las siguientes trescientas noches, cuando dos días después la vio de la mano de su marido, y él trataba de ahogarse en el olvido.

10/10/2016

No hay comentarios:

Publicar un comentario