Sus piernas escalaban por la espalda
de Darío con tensión y firmeza, apretaban su cadera con tanta fuerza que creía
que lo iba a partir por dos. Intercambiaron
aliento y perfume, y de tanto como lo hicieron, era imposible reconocer
el olor natural de cada uno, mezclado entre sudor y placer. Darío se sentía
mecido entre sus labios y cada beso le otorgaba un minuto más de vida, su lengua
recorría su pecho y solo se arrepentía de no tener más manos para tocarla. Se
sentía manco y tuerto (con sus diez dedos en perfecto estado y sus dos ojos en
constante visión) ante tal escultura para el amor.
Finalmente la vio durmiendo, y él no
pudo hacer más que mirarla durante horas. Esa noche Darío no durmió. Y tampoco
lo hizo las siguientes trescientas noches, cuando dos días después la vio de la
mano de su marido, y él trataba de ahogarse en el olvido.
10/10/2016
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