miércoles, 30 de noviembre de 2016

Muerte que entiende de clases

            Habitamos un mundo donde, tristemente, las desgracias se cuentan por pares. Un tsunami, un tornado, la muerte de niños en guerras, la destrucción de ciudades, la devastación de pueblos enteros, la violación de los derechos de las personas, el desmembramiento de un cuerpo a causa de una granada… Pero más triste es todavía que exista el clasismo en el fallecimiento. No pesa lo mismo un atentado en Mosul que París. No pesa igual que un niño en Alepo, en Baiji, en Tikrit o en Faluya sea asesinado a balazos, a que un niño sea asesinado por una bomba en Marsella.

            Por desgracia, es menos triste el fallecimiento violento de un joven a manos del DAESH en Berlín que en Beirut. Y no, no es lo mismo el fallecimiento en un accidente de avión de personas normales, con familias normales, con hijos normales, esposas normales y vidas normales, que el de un futbolista. Me entristece ver en Facebook el nombre de todos los jugadores de fútbol fallecidos, por supuesto. La vida no debería agotarse de manera prematura. Pero no creo que sea justo que nadie recuerde el nombre de los otros sesenta y pico pasajeros, de igual manera tristemente fallecidos, porque eran abogados, bomberos, profesores, empresarios o limpiadores del hogar. Sus familias están condenados al llanto en el olvido, al igual que la inmensa mayoría de los mortales.


Para El Deporte Conquense, 30/11/2016

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