Habitamos un mundo donde,
tristemente, las desgracias se cuentan por pares. Un tsunami, un tornado, la
muerte de niños en guerras, la destrucción de ciudades, la devastación de pueblos
enteros, la violación de los derechos de las personas, el desmembramiento de un
cuerpo a causa de una granada… Pero más triste es todavía que exista el
clasismo en el fallecimiento. No pesa lo mismo un atentado en Mosul que París.
No pesa igual que un niño en Alepo, en Baiji, en Tikrit o en Faluya sea
asesinado a balazos, a que un niño sea asesinado por una bomba en Marsella.
Por desgracia, es menos triste el
fallecimiento violento de un joven a manos del DAESH en Berlín que en Beirut. Y
no, no es lo mismo el fallecimiento en un accidente de avión de personas
normales, con familias normales, con hijos normales, esposas normales y vidas
normales, que el de un futbolista. Me entristece ver en Facebook el nombre de
todos los jugadores de fútbol fallecidos, por supuesto. La vida no debería
agotarse de manera prematura. Pero no creo que sea justo que nadie recuerde el
nombre de los otros sesenta y pico pasajeros, de igual manera tristemente
fallecidos, porque eran abogados, bomberos, profesores, empresarios o limpiadores
del hogar. Sus familias están condenados al llanto en el olvido, al igual que
la inmensa mayoría de los mortales.
Para El Deporte Conquense, 30/11/2016
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