Todo empieza por los típicos “¿por
qué siempre me tiene que pasar todo a mí?”; “estoy hasta los huevos. ¡No vuelvo a jugar en
lo que me resta de vida!”. Más tarde, se diluye en tu mente un “pff, ¿cuándo
podré volver a jugar…?”. Luego vuelves a la vida real, y vuelves a los exabruptos.
“¿Por qué yo, joder?”; “¡a la mierda todo ya!”. Finalmente, te quedas
tranquilo. Relajado. El médico te ha dicho que ha salido todo bien, que no va a
pasar nada grave y que en unos meses volverás a ser tú, toda tu esencia. Podrás
caminar, saltar, ir a trabajar, salir a tomar unas copas con los amigos, a ver
un partido. Podrás correr hasta que tu lengua suplique agua para no parecer el
felpudo de una casa polvorienta.
Lo sé porque he pasado por esa
situación decenas de veces, la última y sin ir más lejos, hace un par de
semanas cuando me rasgaron el párpado. Y es que este fin de semana, un hermano
(de doce que somos en el equipo) ha tenido una de las lesiones más duras,
impactantes y dolorosas que existen en el deporte: fractura abierta de tibia y
peroné. Parece evidente que, a expensas de un milagro médico, esta temporada
solo nos pueda seguir desde la grada. En cualquier caso seguirá siendo nuestro
compañero y jugará todos y cada uno de los partidos que disputemos. En fin, Álex,
no te castigues demasiado y recupérate rápido amigo. Nos quedan muchos
partidos, y en todos nos dolerá un poco la pierna.
Para El Deporte Conquense, 08/11/2016
No hay comentarios:
Publicar un comentario