Andorra es un lugar curioso. Llevo
aquí cinco días, y hace tres que no se ve mi coche en absoluto. Únicamente se
distingue una gruesa y consistente capa de nieve. Lo de que los precios son muy
bajos, es una leyenda urbana. Todo vale una pasta, salvo el vicio; pero
comprarse unos guantes, un gorro, o un abrigo en una tierra andorrana, cuanto
ni más unos esquís o unas botas, supone pedir un aval y rehipotecar tu casa.
Andorra posee más de 60 lagos, su pico más alto se encuentra a 2.842 metros de
altitud y las casas típicas andorranas se llaman “las Bordas”, que muchas están
reconvertidas hoy día restaurantes.
Pero lo que más me ha llamado la
atención del Principado, es que no existen las afueras. Cuando sales de Cuenca
por la carretera de Alcázar o por la de Valencia, hay un polígono industrial y
algunos negocios. Se ve que son las afueras de Cuenca, lo presientes de algún
modo. Aquí, por el contrario, el país está dividido en pequeños pueblos
(Encamp, Canillo, El Tarter, o donde yo me encuentro, Pas de la Casa,
colindante con Francia), que tienen perfectamente marcado un inicio y un final.
Concretamente el hotel donde me hospedo, está a escasos 15 metros del final del
pueblo, y a partir de ahí, todo es oscuridad. No hay un “a las afueras” de Pas
de la Casa. La última tienda, y el último halo de luz de la misma, delimitan a
la perfección un pueblo de montaña.
Artículo para El Deporte Conquense el 11/01/2017.
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